Opinión | Juan Sáenz Cavia
Hay ciertas oportunidades en las que a uno le gustaría haberse equivocado, y poder darle la razón a quien opinaba de otra manera, pero no es el caso. Lamentablemente cada día que pasa y cada acontecimiento nuevo, nos da la razón respecto a lo ocurrido con el corso 2022, y todo parece indicar que también habremos acertado respecto a lo que pasará en el futuro. Aunque nos pese y les pese, teníamos razón, sin embargo nos hubiera encantado habernos equivocado.
Los que tuvimos la suerte de visitar durante el verano una ciudad turística de la provincia, podemos certificar que el distanciamiento, Ómicron, el Covid y toda la perorata que escuchamos desde hace dos años, parecen o bien cosa del pasado, o la muchedumbre que copaba playas, mares y ríos, calles y espacios públicos son habitantes de Marte, que desconocen por completo lo sucedido con el Covid desde inicios de 2020.
Lo que ocurre en cuanta ciudad que se jacte de festejar anualmente el carnaval o celebrar la fiesta del Rey Momo, quien más, quien menos, todos encienden las luces del centro y prenden un megáfono por donde se escucha algún ruido jolgorioso. Ni hablar de aquellos que nos rodean como ciudades de La Pampa o Córdoba, 25 de Mayo, Villegas o General Pinto.
Pero los verdaderos artificies de fiestas interminables, de «ocho noches ocho» de Carnaval, de la fiesta a cielo abierto más grande del país, de los reyes de los más disparatados motivos, de la avenida que ostenta un añoso y respetado espectáculo carnestolendo, de la celebración donde todos los clubes y asociaciones locales «hacen la diferencia» para afrontar otro duro año de trabajo y actividades, del anfitrión de los espectáculos y artistas más aclamados, del padre de las atracciones mecánicas y los Ford T dando vueltas «de costado», la cuna de lo más grandes artesanos del papel maché, el generador provincial de las más hermosas bailarinas, los mejores músicos y los más creativos comparseros…, esos, todos esos, no tendrán, por segundo año consecutivo la fiesta más importante de nuestro distrito, la provincia y porque no del país.
Viendo el futuro
La movida que hicieron desde la municipalidad de Pinto, respecto a las noches del carnaval y su monstruoso festejo es digna de una jugada de ajedrez. Año a año, los corsos pintenses debieron convivir a la sombra del Carnavalincoln, y sin muchas estridencias se conformaron con ser una fiesta más de las que se celebran en las localidades de nuestro distrito. Pero a sabiendas que los linqueños mantendrían apagadas sus bombillas, decidieron contratar dos o tres espectáculos del nivel de los que otrora trajera Lincoln, con el punto culmine dado por «Sabroso», un espectáculo de típico corte y estilo fiestero.
Si a Pinto iban a viajar varios amantes del cuarteto cordobés en busca de diversión y jolgorio (porque no esperarán ver en Pinto más que unas pocas carrozas y alguna batucada importada no?), a eso se le debe sumar todo un andamiaje opositor linqueño, que con la intensión de visibilizar la decisión municipal de no hacer corso en Lincoln, se multiplicarán para concurrir a Pinto en busca de fiesta y música, pero además para tirar un «palazo» para el Jefe Comunal linqueño, que a contramano de toda la provincia decidió no hacer joda local, porque «en estas circunstancias es imposible», con una falta de visión de futuro y previsibilidad que asusta.
Lo dicho, a contramano de lo que ocurre en cada ciudad o pueblo de la provincia, los linqueños seremos uno de los pocos que deberán viajar para tener un festejo del Rey Momo, cuando en realidad supimos ser los reyes anfitriones más importes. Al tema le queda mucha tela para cortar, pero por ahora solo denotaremos el costo político que puede resultar para la gestión Serenal, no ver más allá de mañana, ni cuando de nuestro riñón cultural se trata.
Adelantamos que a fines de febrero los casos de Covid en Lincoln podían llegar a rondar los 50 u 80 y no los 600 que teníamos a mediados de enero.
Todo el mundo se adelantó, en la provincia, Argentina, en toda Europa y hasta en Africa sabían que bajarían los casos. Pues en Lincoln no.
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